El Modernísimo

Crónica de cronistas

Posted in Uncategorized by El Modernísimo on enero 21, 2013

Crónica de cronistas: más allá del ¡Bang!

Juan Calaveras.

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I.

Generación ¡Bang! resalta en el estante de la librería por su mancha de sangre y grandes letras amarillas en la portada. El escandaloso nombre hace perder de vista momentáneamente el atractivo del impreso: los nuevos cronistas del narco mexicano. Lo atractivo no es eso del narco mexicano que ya es viejo, sino eso de los nuevos cronistas.

En la contraportada aparecen once nombres bautizados por Juan Pablo Meneses como “Los ¡Bang!”. A decir del antologador son autores que “estaban describiendo las consecuencias (del narcotráfico y la violencia) y el sonido de un disparo”. El título del libro no acierta. El sonido de un balazo no dice mucho de esas plumas contemporáneas que con una narrativa enriquecida  han descrito los episodios, momentos y protagonistas del México violento de los últimos seis años apuntando a la vivencia humana y no a la estadística. Aunque el título es injusto, los autores son una referencia en la cultura mexicana contemporánea y su lectura obligada.

II.

Las antologías literarias no deben leerse de principio a fin. Todo lector(a) sabe que hay que abrir el libro al azar y leer el texto que se encuentra. Si la antología es buena, de cualquier forma le hará sentido. En Generación ¡Bang!, las crónicas de la antología fueron publicadas en diferentes medios y casi todas ellas recibieron premios nacionales o internacionales. Cada una de ellas es un retrato de una parte del país que habla por sí mismo. El orden con el que se lea no altera el relato total que se logra con la lectura completa del libro.

Galia Palafox relata la historia de la mujer más valiente de México, Marisol Valles, quien a sus 20 años ocupó el cargo de directora de seguridad en Praxedis G. Guerrero, Chihuahua, uno de los municipios más violentos del país hace unos años. Su historia acaparó la atención de varios medios de comunicación quienes le pusieron ese apelativo para presentarla al mundo. Galia Palafox relata cómo ha sido su vida después del olvido de esos grandes medios.

Daniela Rea hace una crónica sobre las niñas y niños que juegan a ser sicarios en las calles de Apatzingán en Michoacán. Con armas de juguete y balas de goma, toman las calles del municipio michoacano para jugar a matarse y medirse: habrá quien pueda hacerlo de verdad y quien no.

Thelma Gómez Durán platica, desde lo que parecería una sociología jurídica innata, sobre los sheriffs de la montaña: la historia de la policía comunitaria de la Montaña de Guerrero y la formación de un sistema de procuración y administración de justicia basado en usos y costumbres. Con ideas claras sobre la reeducación como forma de reintegración a la sociedad, la reparación del daño y que los delincuentes no puedan ser negocio para abogados, estas comunidades han resuelto los problemas de la ausencia del Estado en la seguridad y en la procuración de justicia. Al toparse con delitos como el narcotráfico en sus comunidades, los usos y costumbres han sido puestos a prueba y, por lo menos en el caso que nos narra Gómez Durán, han encontrado soluciones alternativas en las normas consuetudinarias.

En palabras de Luis Guillermo Hernández, conocemos las voces de los niños de la furia desde los centros tutelares en Sinaloa contando sus breves y duras vidas. Si es desolador el presente que relata la crónica, la desesperanza es contundente cuando se piensa en el futuro de esas voces.

En un fenomenal trabajo de investigación que lo lleva a incorporarse como personal del Servicio Médico Forense (SEMEFO) en Nuevo León, Daniel de la Fuente describe en partes de guerra cómo se vive la violencia desde quienes recorren las calles para recoger los saldos más evidentes de la escalada de violencia: los cadáveres.

Marcela Turati describe las formas en las que las familias de las víctimas en Ciudad Juárez llevan el dolor y cómo en la guerra contra el luto se han creado formas de convivencia social, comunidades y solidaridad.

La voz de la tribu, de Emiliano Ruiz Parra muestra un perfil de Javier Sicilia que permite conocer a quien ha sido una de las voces más visibles de las víctimas y narra la transformación de un poeta místico en un activista social.

Diego Enrique Osorno cuenta la historia sobre un vaquero cruza la frontera en silencio. Osorno le pone palabras a una vida en silencio que va y viene en la frontera noreste de este país, esa frontera olvidada y desierta que con los años se ha vuelto insegura y peligrosa.

Juan Veledíaz, pregunta qué hay en el más allá de un narco y busca la respuesta en un excéntrico funeral de un misterioso narco sinaloense y los testimonios de quienes desde su oficio han observado otros funerales de capos de mayor y menor jerarquía.

Humberto Padgett, narra un conjunto de historias desgarrantes en los desaparecidos de Tamaulipas. A partir de los testimonios de quienes han sobrevivido a los secuestros y de los familiares de los secuestrados nos enteramos del dolor, del miedo y de la sospechosa conducta de una línea de autobuses.

Para el gusto de un lector y para el buen recuerdo de un libro no hay como cerrar con lo que -a juicio del que esto escribe- es el mejor relato. En este caso corresponde a Alejandro Almazán con una crónica insólita de la vida de un narco sinaloense frustrado cuyas desventuras, mala suerte y carácter le hacen comprobar en la mayoría de los casos la vida del narcotraficante no es como la pintan.

III. Las entrevistas.

A cada crónica la acompaña una breve entrevista a cada uno de los autores. Juan Pablo Meneses plantea una serie de preguntas comunes y particulares cuyas respuestas muestran el entendimiento que los cronistas tienen de su propio trabajo. Éste es uno de los aportes más interesantes y originales del libro.

En esas entrevistas hay características comunes que son claras: el cansancio del periodismo burocrático con vicios severamente insertados del cual reniegan y se lanzan a la búsqueda de un nuevo estilo narrativo cuyo fondo es lo humano. En este nuevo estilo periodístico predomina un enfoque social que permite incluso, sugerir algunas respuestas que no se han dado desde la investigación científica social de este país. Es un respiro genuino y necesario para el casi asfixiado periodismo de boletines, declaraciones e inserciones pagadas en que se ha convertido la mayor parte del periodismo mexicano.

No son cronistas del narco, son cronistas de lo humano y buscan esa humanidad en historias de lo que sucede en el país. Si lo que sucede en el país es el narco, pues eso relatan. Sin embargo, estos cronistas van más allá del balazo: cuidan la técnica literaria, son creativos en sus formas de investigación periodística; mandan un mensaje diferente al lector (dice Diego Enrique Osorno “mirar tormentas de mierda que no se ven”), buscan historias que contar y personajes que recordar. En otra situación de país, seguiríamos leyendo sus crónicas aunque éstas no fueran del narco y seguirían siendo buenas.

En las entrevistas también puede leerse un sentido de pertenencia a una generación de periodistas y escritores que están haciendo un trabajo diferente. Hay un sentido de gremio. Se leen unos a otros, se difunden y también se protegen. El libro muestra un poco de su prospectiva de país. También hay diferencias entre ellos, como el reclamo de Osorno respecto de que Marcela Turati no lo aceptó en la red de “Periodistas de a pie”, organización que también es reconocida en otras de las entrevistas por su trabajo.

IV.

Los nuevos cronistas están relatando la historia detrás de la violencia, la vida detrás de las muertes. Al terminar el libro me pregunto cuándo vendrán las crónicas solo de la vida. Buscando una forma de contar lo humano detrás de tantos números y estadística de violencia, se sigue contando de la muerte ¿Tendrán las crónicas que ser violentas y fatales, de condiciones humanas extremas para que se escriban y que las leamos? Espero que no y espero que no sea necesario que la violencia acabe para leer otras crónicas de vida de estas plumas.

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2 comentarios

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  1. alexaisi said, on enero 21, 2013 at 7:28 pm

    con ganas de leer el libro. muchas gracias por la reseña.

  2. Edith Pozos said, on julio 8, 2014 at 1:08 am

    La violencia es ya parte de nuestras vidas.Además de aceptar el hecho, lo aconsejable es no volvernos indiferentes e inmunes ante todo el abuso que ocurre día tras día en nuestro país. ¿Cómo lograr romper con esa cadena de números, muertes y dosis de sangre sin volvernos insensibles? Considero que es a través de la crónica, de este tipo de narrativa como podemos lograrlo.He leído a Luis Guillermo Hernández contándonos del miedo a morir de Flavio Sosa, dirigente de la APPO; o Humberto Padgett contando cómo sobrellevan la vida los jóvenes recluídos en cárceles. Y también Alejandro Almazán, a quienes algunos le han hecho críticas -como lectores, yo entre ellos- de escribir más novela que crónica. En una ocasión le pregunté si inventaba los diálogos interiores que en algunas ocasiones ponía en algunos de sus protagonistas. Claro que no le agradó la pregunta.Y aunque no logré después que fuese mi amigo, en ese momento tuvo una respuesta amable y correcta. “¿Cómo sabes qué pensaba o sentía X personaje que describiste en tal historia? -se supone que no puedes inventar en la crónica” -le dije. Su respuesta fue simple, obvia y concreta: “porque todo se lo pregunté”-. Fin de la anécdota.// Gracias por la reseña de este libro.Lo leeré.


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