Cuando estuvimos desnudos

@Juan_Calaveras

Este domingo seis de mayo se cumplen cinco años de que estuvimos desnudos en el Zócalo. Spencer Tunick fue solo un pretexto que veinte mil almas necesitaban para quitarse la ropa en el Centro de la ciudad. Nadie me ha convencido de los argumentos artísticos de aquella sesión de fotos. No fue el “arte de Tunick” lo que llevó a las personas al Zócalo, fue el placer de la impudicia.

A las tres de mañana las calles del centro se llenaban de personas que ahí estaban para quitarse la ropa en la plaza pública. No era una marcha con colores partidistas o causas sociales, un concierto o el quince de septiembre. Íbamos a encuerarnos, a mostrarnos unos con otros, a perder miedos, a reír, a gozar muy contentos con ropa ligera y una bolsa de plástico como decían las indicaciones.

Esperamos el amanecer sentados a un lado de la plancha. El equipo de producción daba instrucciones que a pocos importaban. La espera fue similar a la de los conciertos pero con una ligera preocupación en la mente y una mariposa en el estómago. No hubo alcohol y que recuerde pocos alcoholizados que llamaran la atención. Lo mismo con las drogas. Sin embargo, el Zócalo nunca fue tan lúdico. La sensación de alegría era mezcla entre la emoción de la transgresión y la emoción del primer desnudo entre nuevos amantes. En algún momento, alguien gritó “México desnúdate” o algo similar y a desvestirse.

El olor de los humores entrepiernados de veinte mil personas liberadas de su ropa interior fue nauseabundo, perturbador y desconcertante. Fue una bruma olorosa que nos recordó nuestra humanidad y es el recuerdo más vivo de mi memoria olfativa. Mareados, algunos a punto de desmayo, fuimos a la plancha. La pena hacia correr a hombres y mujeres, como si corriendo se escondieran de los ojos de aquella masa. No sé porque corrían, ya nos habíamos olido todo.

Entramos al Zócalo. Supongo que casi la totalidad de los asistentes había entrado antes a esa plancha. Pero éste no era un contingente en una marcha ni había consignas políticas. Eran cuerpos desnudos cuyas banderas eran piel, algunas pulcras y otras llenas de hermosos tatuajes que coloreaban intermitentes en esa masa humana.

Entramos bichis. Viéndonos los cuerpos, riendo, emocionados, divertidos. La pena duró poco y se aletargó el sentido de la vergüenza. Hubo gritos de algarabía: aquí se vino a gozar, a andar desnudos en el Zócalo, ¡cómo no! El viento rápidamente se llevó los humores y los cuerpos estaban ya al aire libre. Solo quedaba disfrutar el paisaje. Y viendo el paisaje, nos vimos desnudos.

El primer frente fueron las amistades. Entre algunos quizá había historia y la desnudez no era novedad. Para otros fue develar misterios, aclarar dudas y satisfacer deseos con miradas furtivas y sonrisas cómplices. Tras las amistades había miles de personas desconocidas desfilando desnudas en la plaza pública. Ahí estaban: veinte mil pares de nalgas e igual de chichis; quince mil penes con escrotos colgantes y como cinco mil discretas vaginas que junto con torsos, brazos y pies descalzos brincaban, bailaban y corrían eufóricos en aquél aquelarre urbano que le hacía ritos al cuerpo humano.

Así andábamos, con nuestros cuerpos de verdad: gordos con sus curvas rebosantes y piel en pliegues; flacos de huesos salidos; peludos hasta el ano o lampiños y de genitales rasurados; mujeres de estimulantes caderas anchas, jóvenes muy firmes de sus cuerpos y firmes porque la emoción les bajo hasta la entrepierna. Blancos, negros, morenos, mestizos. La compañera de la universidad, el compañero de trabajo, oficinistas, artistas, intelectuales, profesores, obreros, ricos, pobres, heterosexuales, homosexuales, todas y todos. Al quitarnos la ropa nos quitamos nuestros roles, nuestros prejuicios, nuestras penas y nos disfrutamos como iguales.

Los altavoces daban instrucciones que nadie atendía y el equipo de producción trataba que las cumpliéramos pero primero estaba nuestra fiesta: el “Norberto Rivera, el pueblo se te encuera” coreado en la plaza para que el cardenal saliera a saludar desde la catedral fue inolvidable; el “Mé-xi-co, Mé-xi-co”; se echaron muchos goyas y uno que otro “voto x voto”. A esas alturas la desnudez era el estado natural de las cosas y apenas se empezaban las fotos.

Fue el momento de la primera toma y recordamos entonces que veníamos por una foto. Había que formarse y tranquilizarse. En algún momento -creo que entre la posición del saludo y la de acostados en la plancha- las veinte mil personas desnudas en el Zócalo adornado con el amanecer, guardaron silencio. Una sensación de satisfacción acompañó la brisa mañanera. Irreverentes que éramos disfrutamos de ese momento de ese pequeño momento gloria. Ahí estábamos frente a catedral, Palacio Nacional y la Corte, enseñándoles las nalgas por un momento.

Después se pidió avanzar por veinte de noviembre. Hubo quiénes gritaron mejor: “Vámonos al Ángel, vámonos al Ángel…”, pero el llamado no tuvo eco. Se avanzó poco y fue el avance del contingente más respetuoso con la distancia cuerpo a cuerpo que se haya visto en el Centro. Después de la última foto, el rubor se les subió a varios a las mejillas como quien despierta apenado después de la orgía. Y lamentablemente, los malos sentimientos se transmiten rápido entre la masa.

No sé a quién se le ocurrió que las mujeres se quedaran desnudas cuando los hombres ya estábamos vestidos. Ello terminó por romper el encanto de aquella fiesta. Los hombres en masas somos como bestias y algunos de ellos no pudieron resistir la tentación del macho acosador. Otros sí y les llevaron sus ropas y otros aplaudieron porque no encontraron otra cosa mejor qué hacer.

En lo último de la fiesta varios dieron una vuelta victoriosa desnudos alrededor del Zócalo y se tomaron las fotos personales del recuerdo. Las bolsas con las ropas se desordenaron y muchas se perdieron ante la cara de angustia de quienes ahora solo tenían sus brazos o eran cubiertos por otros.

No sé cuántos recogieron su foto, ni cuántos la exhiben en sus salas. La foto al final no importó. Importó el momento para la historia de esta ciudad y para los recuerdos de quiénes ahí estuvimos. La nostalgia es mayor en estos tiempos que estamos tan vestidos, con tantas banderas, con tantos colores falsos. Se extraña también cuando los cuerpos ahora se ven llenos de sangre. Ante una sociedad que se divide, que se separa, queda el recuerdo de cuando estuvimos desnudos, nos vimos y lo disfrutamos.

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3 comentarios en “Cuando estuvimos desnudos

  1. Este ha sido el dia mas libre y feliz de mi vida , tuve la oportunidad de estar ahí y de vivir algo increible todos eramos iguales en ese momento todos eramos libres, “todos eramos felices”. No hubo distinciòn en ningún aspecto. Ha que recuerdos!

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