Escala en Washington

Escala en Washington

“In a dérive one or more persons during a certain period drop their usual motives for movement and action,

 their relations, their work and leisure activities, and let themselves be drawn by the attractions of the terrain

and the encounters they find there…”

Ken Knabb, 1995.

@Dr_Rigo_Mortis

La luz de tubos de xenón llenaba la estación migratoria del aeropuerto. Caminé tan rápido como lo permitían el amodorramiento del cuerpo después de más de 10 horas de vuelo y el mareo derivado de los tragos bebidos antes de iniciarlas en el aeropuerto de Islamabad. El objetivo era cruzar una aduana por quinta ocasión lo antes posible para alcanzar el penúltimo vuelo en el itinerario que me llevaría de regreso a México. Cruzar una aduana o puesto migratorio demanda cierta sumisión a todos y cada uno de los viajeros. Asumida la actitud, con  pasaporte en la mano izquierda y en la derecha un ejemplar del nuevo libro de Robert Fisk, La Era del Guerrero, me incorporé a los transeúntes globales que engrosamos la hilera que espera pasar U.S. Customs en el Aeropuerto Internacional Dulles de Washington D.C.

Imagen

En ese no-lugar una no-idea atrapaba mi no-mente. En la recapitulación del regreso que me ocupaba, la referencia a Ítaca de Kavafis era irremediable, así como el atisbo de ansiedad que provocaba en mí aquel paralelismo. Finalmente llegaba mi turno cortando de tajo la modorra y el soliloquio interno. Adelanté seis pasos hasta la cabina de la oficial con acento de alguna de las repúblicas de la ex Yugoslavia:

Buenas tardes, ¿en  qué vuelo llegó? En el 399 de Qatar Airways, respondí en un inglés todavía bastante destartalado por las horas de vuelo y silencio mientras ella observa con detenimiento el resto de los sellos migratorios en mi pasaporte: Gambia, Ucrania, Rusia, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Camboya y se detiene en el más reciente, un sello que parece tributo a la estética de las burocracias de los 70.

¿Estuviste solamente en Islamabad o visitaste otra ciudad? ¿Karachi por ejemplo? No, contesté un tanto nervioso y consciente de que un mexicano que viaja a Islamabad con una estancia de tres días en aquél lugar podría parecerle sospechoso a cualquier agente de migración gringo. Recordé  también el título  del editorial que leí en el Express Tribune sobre el ataque terrorista en Karachi en contra de la comunidad chiita unos días antes, The genocide continues

Los ojos azules y cabello negro artificial de la agente de los servicios de migración probablemente croata combinaban con la iluminación del lugar. Su piel blanca empataba  con el piso de imitación mármol. Claro que es imitación, me convencía mientras la croata seguía la revisión, no creo que el gobierno estadounidense o el de cualquier parte del mundo quiera recibir a los que pasan por la aduana con la versión original de ese material.

La agente hizo un par de preguntas antes de remitirme a una segunda revisión en la sala contigua en donde el interrogatorio se haría más agresivo. Me pregunté cuántos años tendría la mujer cuando comenzó la limpieza étnica en contra de la comunidad albanokosovar.  La luz de los tubos de xenón lo seguía ocupando todo.

La segunda ronda de interrogatorios comenzaba. ¿Si revisamos tus maletas vamos a encontrar alguna droga ilícita? ¿Más de 10,000 dólares en efectivo? ¿Heroína? ¿Cuál es tu posición política respecto a los grupos extremistas? ¿Eres musulmán? No, respondí alarmado por esta última pregunta.

Pasaron cuatro horas en la segunda revisión, suficientes para explicar mis actividades en los últimos tres días en Islamabad, describir a detalle mi trabajo-rutina en México y perder mi siguiente vuelo. Sin embargo, no fueron suficientes para convencer al US Customs y tendría que esperar otras dos horas para una tercera revisión en las que pude entretenerme con las historias de la familia emiratí frente a mí, que terminó por pagar impuestos al descubrírseles que excedían el máximo exento de impuestos (10,000.00 USD).

Imagen

Otra vez mi turno. Comenzaba un tercer interrogatorio.  La situación era ya ridículamente incómoda. Mi interrogador, ahora es un hombre de unos 45 años con fisonomía y acento all-american cuyas patillas y corte de pelo me recordaron a Johnny Cash en la plenitud de su fama. Él sabía que yo sabía que estaba ahí para demostrar que no era un terrorista merecedor de ser incluido en las killing list del Presidente Obama ni tampoco un traficante de heroína afgana o de divisas.

A medida que el interrogatorio avanzaba, el uso de frases introductorias enfatizaba el supuesto desconcierto del agente migratorio, lo cual se  abonaba a la Otra conversación que se estaba dando de manera simultánea. Esa Otra conversación en donde el conocimiento de series televisivas como Lie to MeThe Shield sería muy útil.

No entiendo, ¿cómo es que fuiste a una conferencia sobre derechos humanos? Es confuso, ¿qué quieres decir con que sólo estuviste tres días en Islamabad? Suena raro, ¿además de tu viaje a Islamabad durante el último año has viajado a otros países musulmanes?

Tenía que remontar  el hándicap producto de la política de caracterización racial en la oficina de migración estadounidense. Mi voz temblorosa, el titubeo que antecedía mis respuestas, el acento descomunalmente marcado en mi pronunciación, eran algunos elementos que no jugaban a mi favor.  Tomé conciencia de ello  mientras observaba como repasaban las manos cubiertas con guantes de látex jade del oficial de migración cada recoveco de mi equipaje.

De ninguna manera era personal, no era el primero ni el último que padecería semejante periplo. En la novena sesión del Consejo de Derechos Humanos en 2010, más de 24 organizaciones civiles (nacionales e internacionales), denunciaron la discriminación racial como práctica endémica dentro de los servicios de inmigración estadounidenses. No era personal y para dar la justa dimensión a la situación, tampoco me encontraba ante la posibilidad de ser traslado a Guantánamo o ser supuesto de las previsiones sumarias del Patriot Act, que según mi reciente lectura de Fisk se resignificaba con las siglas que concentran la perversidad de la ley misma: Uniting (and) Strengthening America (by) Providing Appropriate Tools Required (to) Intercept (and) Obstruct Terrorism Act.En una traducción libre al español sería: uniendo y fortaleciendo a Ámerica através de la provisión apropiada de las herramientas necesarias para interceptar y obstruir el terrorismo.

El punto más palpable y por tanto más superficial de la geopolítica que toca la vida del ciudadano común de cualquier parte  del mundo, son precisamente los puntos migratorios y aduaneros. Ahí se encuentra el Zeitgeist  de la guerra en contra del terrorismo. ¿Quiere usted saber qué tan sospechosa es su apariencia u origen étnico? Haga usted favor de atravesar punto migratorio.

Imagen

¿Era yo o tan sólo era víctima de la paranoia estadounidense? A mi regreso a México o en cualquier parte del mundo podría conversar con varias personas que por una u otra razón ha sufrido un atorón en los puestos migratorios estadounidenses: ciudadanas australianas con huellas digitales poco legibles; ciudadanos salvadoreños con el mismo apellido que un capo mexicano; pasaportes con visas maltratadas y un largo etc.

La misma bateria de preguntas en ciclos repetitivos, seguidas por silencios incómodos. Miradas que intentan encontrar rastros de mentira o nerviosismo. Revisión incesante del equipaje. Más silencios incómodos. El agente migratorio all-american con patillas de Johnny Cash me observaba con un rostro de evidente frustración. Agotados todos los recursos de los manuales de interrogatorio preventivo, dice que me puedo ir. Sus ojos seguían clavados en los mios al tiempo que me entregaba un formato para presentar una queja en caso de que considere que fui tratado maltratado. Recordé entonces como me sentía cuando después de una sesión de bullying en la primaria, mis agresores me decían que me molestaban porque después de todo éramos amigos.

Al salir busqué mi camino hacia el mostrador de American Airlines. Necesitaba encontrar un vuelo que me permitiera alcanzar el avión que me llevaría finalmente a México. La opción era tomar un vuelo a Dallas en el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan que salía hora y media después.  Para atravesar la ciudad, abordé un Town Car, conducido por un pakistaní de Lahore cuya apariencia evocaba a un Omar Shariff de la década de los 70. Su origen salió a relucir en medio de la conversación en la que le conté lo que me había pasado pocas horas antes.

Con una risa burlona me preguntó si yo era musulmán. Entonces no se preocupe, pudo haber sido peor, me advirtió mientras me observaba por el espejo retrovisor.  Me explicó que desde hace treinta años tiene la ciudadanía estadounidense y hace una visita anual a Lahore para ver a su familia. Cada año es peor, mi amigo.

¿Sabe por qué lo hacen?, me preguntó mientras recorríamos un camino de dos carriles a lo largo de río Potomac para evitar el tránsito de las rutas comunes al aeropuerto. Lo hacen porque pueden, porque no tienen problema con incomodar a la gente. El objetivo es sencillo: Dejar en claro que nadie puede viajar a ese país y pensar que nada va a pasar. Coño, ahí vivía Osama Bin Landen.

Mientras avanzábamos a un lado del  río y a lo lejos se veían el obelisco a Washington y el memorial a Thomas Jefferson, recordaba la imagen de los  retenes que contienen la zona segura de Islamabad. La vista plácida desde las terrazas-restaurantes en el parque nacional de las colinas de Margalla. Los guisados pakistanís con la especie de chile que en México conocemos como chile cascabel. Recuerdo el placer que me produjo comer un gulab jamun hace apenas unos días.

La conversación con el chofer pakistaní se convierte en un monólogo sobre, creo, algunos detalles sobre sus viajes a Cancún y lo difícil que fue ser musulmán estadounidense los días siguientes a los ataques terroristas del 11 de septiembre. Al llegar al aeropuerto Reagan me percaté de una convención, de un acuerdo no escrito entre los pasajeros de vuelos nacionales en territorio de los Estados Unidos, todos actúan con una amabilidad desconcertante y cada una de las personas que están frente a mi se desviven en halagos a las uñas postizas de la mujer encargada de checar los pases de abordar en el punto de seguridad quien parece una copia de Jackie Brown, negra, madura, atractiva. El cansancio  me impide continuar la larga cadena de halagos y entrego en silencio lleno de hastío mi pasaporte. La reacción es inmediata. Ha sido usted elegido para una revisión física minuciosa. Fui el último pasajero en abordar el penúltimo vuelo antes de regresar a México.

Imagen

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s