Entrelíneas

(…) cae mi voz

y mi voz que madura

y mi voz quemadura

y mi bosque madura

y mi voz quema dura (…)

Xavier Villaurrutia

(…) cae mi voz

Es 2 de octubre, otra vez,  la noche ha caído en el Zócalo recién recuperado por quienes marchamos o acompañamos a los marchistas o quienes por casualidad pasaban por ahí.  El operativo policiaco, tal vez ausente, tal vez discreto, no puso resistencia alguna. Avanzamos y lo tomamos.   Salta una voz femenina, metálica, de ese tono que sólo  emana de templetes politizados, casi indescifrable pero con un certero mensaje, un dardo personalizado y con dedicatoria para los rostros a los que se les escapaba una sonrisa ante la aparente reconquista.  A cuarenta seis años de la masacre de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, hoy siguen desapareciendo estudiantes, sentencia la muy cabrona, muy femenina y muy metálica voz, continúan desaparecidos 43 compañeros estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en Guerrero. Lo demás fue silencio o así fue para mí y para mis amigos con quienes al momento nos tomamos una selfie, recordando haber entrado a esta plaza al ritmo de la alegre rebeldía y en busca de la flor de la palabra hace ya varios años. Ese silencio de inmediato borró mi sonrisa, rompió el encanto de la conversación.  Lo había leído en periódicos, lo había discutido con una taza de café en las manos, pero nada de eso previno que en ese instante sintiera los colmillos rancios de un tiempo pasado que es imposible conjugar en pretérito. ¿Cómo conmemorar lo que aún está pasando?

y mi voz que madura

La primera marcha en solidaridad con los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa en la Ciudad de México fue convocada ayer. Pienso luego me desaparecen, sentencia el graffiti que ha quedado como un recordatorio para todos en la base de la fuente que abre el paso a la Avenida Juárez. Es 9 de Octubre, estoy en Dushambe, a 13, 539.16 kilómetros del lugar de los hechos y leo en mi computadora los raudales de información que circulan sobre lo que sucede.  En la madrugada, me refugio en los trinos a destiempo del huso horario mexicano, de estudiantes de posgrado en el extranjero, de expatriados, de migrantes y de a quienes la rabia mantiene en insomnio en el territorio nacional.  Mierda. Qué México se cae a pedazos, qué está gobernado por el narco. Qué ya nos cargó la chingada. Los grandes medios internacionales, The Guardian, The New York Times et. al,  esos que tienen el don de Midas cuando rozan desde lejos una tragedia, ya comenzaron a interpretar lo que está pasando. La bulla mediática en México sube al mismo ritmo. Un downtempo macabro que acompaña el compás de las acciones del Gobierno Federal y la fuga del Presidente Municipal de Iguala, lugar de la desaparición masiva. La furia no logra atajar la rutina del mugrero enquistado recién descubierto.  Como si fuera un naufragio anunciado, cada frente-bando-cartel se exculpa. Resulta que todos los sabían pero en aras de una legalidad impoluta, nadie actuó en consecuencia. Mierda. Que sobajaron al ingeniero en la marcha. Mierda. Qué esa fue la nota para los medios mexicanos. Qué México es un Estado Fallido. ¡Mentira! México es un Estado que continúa adaptándose a todo, a las prebendas de las corporaciones (legales y criminales), a las consignas del electorado en turno al que hay que cachondear, a la oportunidad de una buena fotografía, un elogio o lo que sea que esté al alcance. El Estado Mexicano es sumamente eficiente, no es un resabio del pasado sino la versión más futurista de lo que nos espera en Latinoamérica.  Mierda. Cancelo mi dosis de medios para treparme a una travesía de 19 horas de vuelo para regresar a México. La rabia no basta.

y mi voz quemadura

Es 12 de Octubre, en mi celular permanece abierta en el navegador una fotografía de un hombre de unos 50 años vistiendo un saco y pantalón de vestir, está parado al borde una acera sosteniendo un cartel con el que marchó días antes en la Ciudad de México que dice, “Pudieron ser mis alumnos”. El poder inefable de un cartel de protesta sincero y espontáneo. A rajatabla.  Pudieron haber sido mis hijos, tus compañeros, tus hermanos, tus vecinos, leo el remix de la dura consigna en redes sociales y cadenas de correos electrónicos pidiendo solidaridad.  Entonces me acuerdo de haber leído no sé en dónde el resumen de un estudio realizado por un grupo de neurólogos estadounidenses, según éste, las “sinapsis propias de la empatía y solidaridad”, son más frecuentes cuando el “sujeto tiene algún tipo de vulnerabilidad identificable el objeto en sí”. Efectista cartel sin duda, pero ahí yace una gran mentira. A mí, a ese señor presumiblemente maestro, ni a nadie cercano a él o a mí nos pudo haber pasado lo mismo.  Porque no nos gobierna el mismo gobierno, el de ellos es de tanquetas y limosnas condicionadas. El nuestro, el urbano, el mestizo, es otro, porque acá, en la gran urbe (casi blanca), el gobierno y el narco pensarán dos veces antes hacer algo semejante. Porque no somos ni lo suficientemente pobres, ni nuestra identidad es suficientemente indígena, ni somos tan insumisos como ellos, para que nos traten como trataron a esos jóvenes no sólo el 26 de septiembre, si no prácticamente durante toda su vida y la vida de sus padres y la de sus abuelos. No señor, a nosotros no nos pudo haber pasado esto acá y ese es tal vez es uno de los pilares de esta tragedia.  Anteayer fue San Fernando, luego Tlatlaya y casi inmediatamente después Ayotzinapa, mañana (por siempre habrá un mañana) será el nombre de otro poblado al que nos costará un poco pronunciar al principio, pero a medida de que llegue la rabia, nos esforzaremos en pronunciar, en escribir, en nombrar…

y mi bosque madura

La ira arrecia, carcome vehemente cada milímetro de la perorata gubernamental, es 22 de octubre, día 25 después de la desaparición masiva y se ha convocado a otra marcha más. Días antes, las palmeras borrachas de sol acapulqueñas atestiguaron una marcha de protesta con la misma causa, igual sucedió en Iguala y Chilpancingo. Proliferan las asambleas y debates estudiantiles sobre Ayotzinapa tienen lugar Guadalajara, Guanajuato y otras ciudades y centros educativos que regularmente funcionan con hermetismo casi monástico como el CIDE y  El Colegio de México.    Son las 4 de la tarde y si logra uno  guardar silencio, escuchará la Ciudad de México bufar, mientras quienes la habitan quedan orgánicamente divididos en dos grupos, quienes marcharán, y quienes permanecerán en silencio observantes.  Más allá de las cuentas pagadas por debajo de la mesa por gobiernos y partidos políticos, en el ciberespacio no se leen mensajes  quejándose del tránsito estrangulado. Hay una pausa, un preámbulo que a todos toca(rá) -lo sientan o no- en el transcurso de dos horas. Ahora la Glorieta del Ángel de Reforma está tomada por contingentes de estudiantes, familias enteras y fraccionadas, activistas profesionales y de ocasión, vendedores ambulantes, orejas de Gobernación, Cisen o vaya usted a saber que pinche dependencia. La fauna del hastío y la rabia ha salido marchar.  Veo un taller improvisado en donde unos enseñan a otros hacer carteles para protestar. Colectivos artísticos entrando en personaje. Mirones. Curiosos. Cronistas –profesionales y amateur, como yo- tomando nota,  rogando inspiración para ser fieles a lo que están por atestiguar.

Al frente, dicen, va un sacerdote que dice saber toda la verdad de lo que pasó. El que vaya en frente no importa, porque no hay que llegar primero sino hay que saber llegar.  La vanguardia en este caso se reserva para los mesías, los poetas místicos, los kamikazes, o los héroes, supongo.  Adelante van quienes marchan por un imperativo metafísico, atrás quienes marchamos por necesidad existencial.  Comienza la marcha y comienza mi deriva entre contingentes, como buscando algo, tal vez mi lugar ese río de testas e indignaciones.   Al paso nos va arropando la noche. Al detenerme unos minutos alcanzo a sentir la oscilación de humores y consignas entre contingente y contingente. De la arenga clásica a los tambores batucada-cumbia, pasando por los instantes de avance casi silencioso, reflexivo, y todo lo que pueda caber en medio.  Llegaré al Zócalo a bordo del contingente de mi universidad,gritando “Enrique-culero-tecorrimos-de-la-Ibero”.

y mi voz quema dura

Son las casi las ocho en punto de la noche, del 22 de octubre de 2014. Comenzaron los discursos y continúan llegando los pobladores efímeros y furibundos al Zócalo. Escuchamos atentos cuando se leen los nombres de los estudiantes desaparecidos y los de los tres asesinados previo al 26 de septiembre. ¡Presentación! ¡Justicia!, respondemos respectivamente después de cada nombre.   Algunos contingentes siguen cantando, otros lanzando arengas y ya otros tomando un merecido descanso. Unos cuántos grupos han encendido pequeñas fogatas con los palos que utilizaron como astas durante la marcha.  Continúo deambulando hasta las 9:40 antes de emprender el regreso ¿a casa?

Caminando a la altura del Palacio de Bellas Artes, checo mi celular con la última rebaba de batería que me queda y abro Twitter. Ahí descubro, que sobre los adoquines fríos y duros del Zócalo que recién pisé, que pisamos, un colectivo de arte callejera decidió materializar la consigna que revoloteaba en cabezas y bocas para convertirla en cicatriz de concreto de esta ciudad:

Fue el Estado.

ayotzinzocalo

***

*Los separadores de este texto son líneas arrebatas del poema Nocturno del que Nada se Oye de Xavier Villaurrutia. 

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