“El loco” de Guy de Maupassant. Diario de un juez trastornado.

De título poco original, la historia de maestro francés del relato corto nos siembra una duda sobre los motivos detrás de las decisiones judiciales.

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Guy de Maupassant

 

Un alto magistrado de trayectoria ejemplar es el personaje de este cuento de Maupassant. Abogados, fiscales y jueces “se inclinaban ante su elevada figura de rostro grave, pálido y enjuto y mirada penetrante”. A la muerte de este ilustre togado, el notario que vela por el testamento encuentra un diario que muestra un lado oscuro de aquél que impartía justicia sin temblarle la mano.

El diario relata cómo el magistrado,  acostumbrado a sentenciar a muerte a asesinos empieza a sentir un naciente deseo homicida que terminará por obsesionarlo. En sus reflexiones, se detiene en la idea de matar y argumenta la inevitabilidad y necesidad del homicidio: “¿Por qué es un crimen matar? ¿Por qué si es la ley suprema de la naturaleza? (…) Matar es ley suprema. (…) Matar es la gran ley”.

Así, obsesionado con la idea homicida, este ilustre magistrado decide saciar la curiosidad y comete dos homicidios que quedan registrados en el diario. De ambos casos conoce -jurisdiccionalmente hablando- el mismo magistrado/homicida. En ambos casos, inocentes serán condenados a muerte de manera dolosa y gozosa por parte del juez/asesino.

Es ese gozo el que inunda de terror el cuento y es el mismo gozo que lleva a este juez al borde del delirio. En el segundo de los homicidios, el diario deja ver no solo la perversidad del juez homicida, sino la perversidad del que se sabe lejos de la justicia y se permite regodearse en la impunidad. Es actor y espectador que disfruta del proceso judicial viciado y de la forma en que el derecho y las instituciones (siendo el juez-homicida la representación del derecho y de las instituciones) se confabulan para sentenciar al inocente:

28 de octubre. Han mareado tanto al sobrino que ha estado a punto de confesarse culpable. ¡Ja, ja, ja! ¡Vaya con la Justicia!

15 de noviembre. Tienen pruebas abrumadoras contra el sobrino. Era el único heredero de su tío. Yo presidiré el tribunal.

25 de enero. ¡A muerte! ¡A muerte! ¡Le he condenado a muerte! ¡Ja, ja, ja! El fiscal habló como un ángel. ¡Ja, ja, ja! Uno más. Asistiré a la ejecución[i]

El diario no da registro de otras muertes y como el magistrado ha muerto es preferible la discreción y guardar su honorable memoria (como la de todas las jueces y los jueces que siempre se tienen en tan alta consideración).

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El relato de Maupassant plantea una paradoja terrorífica que significa la doble moral del magistrado. Por un lado, y como en todas las tradiciones judiciales, se presume que la vida de quienes portan toga y sacuden el mallete es honorable. El juez es buen juez no porque cumpla con los requisitos positivos para serlo, sino porque como persona se proclama moralmente superior al resto de las personas y parecería que se ahí deriva su poder de juzgar. Hasta el juez o jueza más iuspositivista -me atrevería a decir- tiene de sí mismo(a) esa consideración. Pero en este caso, ese juez goza con el homicidio y, según se lee en los diarios, goza con el hecho de romper la ley, goza corrompiendo el derecho para que el sistema de justicia oculte sus crímenes y responsabilidades. Con este relato, Maupassant siembra una duda sobre lo que qué hay detrás de las togas: esas vidas que públicamente se presumen honorables pero que no sabemos cómo serán en el ámbito privado: ¿Será que algunas juezas y jueces tengas esa doble vida en la que por un lado administren justicia y por otro gocen y disfruten de los frutos de la corrupción de la ley?

Permítasenos esta duda y no se nos juzgue por la sospecha: si un sistema de justicia está en crisis, no hay necesidad de apuntar muy lejos, una parte de la responsabilidad de esa crisis está en quienes la operan todos los días. Si la justicia no sanciona a responsables y castiga a inocentes, diría Maupassant, hay que hacer observar a quienes probablemente negando la justicia a inocentes la usan para satisfacer sus más oscuras perversiones y ocultan con el derecho sus acciones. Lo dice Maupassant.

Además de los homicidios, el diario deja constancia de una las reflexiones de ese juez-homicida que parece más una oración a instituciones públicas:

Matar constituye un crimen porque los seres esta numerados. Cuando nacen se les da un nombre, se les registra, se les bautiza. ¡De eso se trata! La Ley los posee. El ser no está inscrito no cuenta. Matadlo en el desierto o en el páramo; matadlo en la montaña o en la llanura. ¿Qué importa? La Naturaleza ama la muerte. ¡Ella no castiga!

Lo que, sin duda, es sagrado, es el Registro Civil. Él es el que defiende al individuo. El ser se convierte en sagrado cuando es inscrito al Registro. Respetad al Dios legal. ¡Poneos de rodillas ante el Registro Civil!

Al Estado le está permitido matar porque tiene derecho a modificar el Registro Civil. Cuando sacrifica a doscientos mil hombres en una guerra, los borra del Registro; sus escribanos, sencillamente los suprimen. Acaban con ellos. Pero nosotros debemos respetar la vida; no podemos cambiar los libros de los ayuntamientos. ¡Yo te saludo, Registro Civil, divinidad gloriosa que reinas en los templos de los municipios! Eres mas poderoso que la Naturaleza. ¡Ja, ja, ja!

 

@Juan_Calaveras

[i] Versión de El Loco, Guy de Maupassant, en “Historias temibles”, Equipo Difusor de Libros, Madrid, 2013.

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